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martes, diciembre 26, 2006

ropa sucia


¿Cómo hay que pertenecer a este mundo? ¿Cuándo se resigna uno a perder? ¿Cuándo empieza uno a dejarse vivir?

Había llovido varios días seguidos y en su casa no quedaba una sola toalla seca, nadie tenía calcetines ni sábanas limpias, así que Cloe juntó todo lo que sus brazos aguantaron y lo llevó a la lavandería que tenía más cerca, en Moncloa. Varias bolsas de plástico, de ésas que cortajean los dedos con el hilillo de nylon asesino, de ésas con la ropa saliéndose por los agujeros... tal la imagen. Tal, que le recordó a Cloe la última vez que había pisado uno de estos lavaderos, ayudando a su amigo con su propia colada. Recordó que frente a aquel paisaje de bolsas reventando de anonimato en el suelo del lavadero porteño, había quedado azorada. Cloe no estaba hecha a la medida de las pérdidas, de ninguna pérdida.

_Pero, ¿quién sabe aquí qué cosa es de quién? -había preguntado, ingenua (y europea), ella.

Una cuestión que en Buenos Aires tiene una única e invariable respuesta: “Esto es Argentina”, y suele aparecer acompañada por una elocuente contrapregunta: “¿Qué esperás?”.



La puerta de algún lavadero da a una terraza, soleada.

lunes, diciembre 25, 2006

navidad al derecho o al revés

Ayer, cuando faltaban pocas horas para la temida Nochebuena, alguien sugirió ilustrar otro rejunte de expatriados con la poesía del Abasto de Luca Prodan: "Y yo me alejo más del suelo (y yo me alejo más del cielo, también)".
No, finalmente no puse el disco anoche, pero estoy escuchándolo ahora, cuando todas las voces del bullicio navideño, las internas y las externas, han desaparecido... "Los bares tristes vacíos, ya...", canta Prodan. Sucede cada 25 de diciembre, estés donde estés, en tu país o a diez mil kilómetros; pasa que se acaban las discusiones de los matrimonios apurados en el supermercado y se acalla todo el ruido de tu cabeza, todos los consejos desconcertantes, todos los diálogos tensos de las voces interiores (puajjj, qué feo tener que escribir "voces interiores"... pero, ¿cómo deberían llamarse, entonces?).
Afuera está todo quieto, en invierno o en verano, con Andrómeda y la Estrella Polar en tu norte, o con las cañitas voladoras inmóviles, congeladas en línea recta hacia Las Tres Marías.
En tu casa, en tu cabeza, el vacío es de pegotes, copas rotas y olores ácidos, ¿restos de qué?. Los niños ausentes, abstraidos con sus juguetes nuevos, no piden nada.
"Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos", me gritan los Sumo.

viernes, diciembre 22, 2006

estocolmo, la piedra en el zapato



Casi que la literatura es incompatible con el amor, concluimos, y nos reímos a carcajadas. Hablábamos de la práctica, no del sentimiento, claro.
A ella su chico le ocupa todo el tiempo libre, eso dice. Entonces, nuestra escritura compartida ha ido quedando aparcada. Y, sin embargo, cada vez que nos vemos surge algo que nos estimula a las dos, a las dos por igual, y nos largamos de nuevo por la cuesta más abrupta... del decir, hasta chocarnos con la puta vie.
Anoche, ella estaba guapa como casi siempre, pero más guapa que casi siempre, y me agradeció a Clarice. Del "gusto de ser" (un concepto benévolo de la Lispector para mencionar el narcisismo) y de la exquisita osadía de "El libro de los placeres" pasamos a la herida pulsante del mismo libro en la repisa. Y ahí, fue justo allí, que me detuve en el Síndrome de Estocolmo.
Mientras rodaba ladera abajo raspándome con todas las piedras, advertí que el enamorarse no se parece a nada.
Estocolmo más acá o más allá, digo, enamorarse no equivale a ninguna otra experiencia, porque no hay otra tan necesaria para soportar la calamidad de ser mortal y seguir adelante.



Placeres de mortal. En el agua se refleja el naranjo. Y del naranjo, una naranja. La fuente, de piedra, en Barcelona.

martes, diciembre 19, 2006

una gibson



No habrá una guitarra en casa, por ahora.

Durante largo tiempo, la silueta de la Gibson me ha serenado.

Sobrio, tan sobrio, su perfil me salvó de la locura. Las clavijas de siempre, las cuerdas nuevas y, asomándose entre ellas, los sobrecitos blancos que nos protegían de la humedad que no hay en Madrid.

La Gibson fue un punteo de clip-clap, casi inaudible, de madrugada, y fue un riff furioso, también.

Hace poco se convirtió en teclas y digitalidades. Cuando yo ya no buscaba amparo en ese mullido y portátil hogar carmesí del interior del estuche, ella se convirtió en teclas y leds.

Se me acaba la cuerda, acomodo el sobrecito del polvo anti-humedad, cierro el estuche, clap, conozco la armonía de movimientos de cada bisagra metálica, escucho el juego en tres tiempos. Cierro los ojos y describo mis movimientos, intento dar con las palabras que deja el tacto, mis dedos sobre el traste.

jueves, diciembre 14, 2006

orinoco is spain/ llibertat

"Orinoco es España". Está escrito con tiza en un vidrio de Barcelona. Me pregunto si ellos ofrecen el Orinoco a cambio de algo, o si de verdad el Orinoco será aquel lugar de resignificaciones de identidad, tal como vos presumís, al paso.
De nuevo el Orinoco.
Ya no hay un Orinoco de caricias húmedas.
Esta vez, hay catalanes y un Orinoco.
"Luego quieres que te quiera", espeta ella, amenazante.
¿Y ahora qué hago con ella? Le tengo más miedo que a mi propia cartera, que a mi desorden, que a mis cajones, que a mi monstruoso interior.
Quiero sentir el goce de pronunciar pétalo a pétalo el nombre de la alcachofa, y disfrutar de la certeza de una historia de amor por vivir.

domingo, diciembre 03, 2006

cirulaxia contraataca

1989. Leo que en el '89 nacieron los Cirulaxia. Carlitos dejaba atrás una fallida experiencia vocacional en Ciencias de la Información, aquella pecera por la que todos -talentosos que abandonaban y disciplinados que nos licenciábamos- teníamos que pasar en los '80.
(¿Alguna vez habría que estudiar aquel absurdo fenómeno post-dictadura?)
Qué bueno que Carlitos Posentini pudiera sacar el teatro de las tripas, y dejara el parcial de sociología para otro momento.
Los Cirulaxia nos ponen a prueba: ¿Qué hicimos los demás desde el '89? ¿Qué carajo queríamos y qué catzo hicimos?
Hoy nos preguntamos cuánto más nos puede desestabilizar un flequillo... y nos alegramos por los 17 de teatro de los Cirulaxia, de sus Ubú, y sus galpones con gradas, la emoción... en cambio, nuestros 17... ¿no son demasiados?.