martes, diciembre 26, 2006

ropa sucia


¿Cómo hay que pertenecer a este mundo? ¿Cuándo se resigna uno a perder? ¿Cuándo empieza uno a dejarse vivir?

Había llovido varios días seguidos y en su casa no quedaba una sola toalla seca, nadie tenía calcetines ni sábanas limpias, así que Cloe juntó todo lo que sus brazos aguantaron y lo llevó a la lavandería que tenía más cerca, en Moncloa. Varias bolsas de plástico, de ésas que cortajean los dedos con el hilillo de nylon asesino, de ésas con la ropa saliéndose por los agujeros... tal la imagen. Tal, que le recordó a Cloe la última vez que había pisado uno de estos lavaderos, ayudando a su amigo con su propia colada. Recordó que frente a aquel paisaje de bolsas reventando de anonimato en el suelo del lavadero porteño, había quedado azorada. Cloe no estaba hecha a la medida de las pérdidas, de ninguna pérdida.

_Pero, ¿quién sabe aquí qué cosa es de quién? -había preguntado, ingenua (y europea), ella.

Una cuestión que en Buenos Aires tiene una única e invariable respuesta: “Esto es Argentina”, y suele aparecer acompañada por una elocuente contrapregunta: “¿Qué esperás?”.



La puerta de algún lavadero da a una terraza, soleada.

2 comentarios:

el ojo con dientes dijo...

¿abrís esa puerta y está la Argentina? Feliz año, amiga.
Un beso desde este país
tan tan

Anónimo dijo...

la verdad... tengo muchas puertas que dan a la argentina, pero ésta, que deja entrar ese rayo de sol, hummmm... no parece de este mundo, no?