viernes, mayo 16, 2008

el gallinero

Estaba chorreándome con una pera y me acordé que, cuando éramos chicas, con mi prima comíamos peras, sin parar, para hacer "cepillitos" (así le decíamos al cabo que termina desflecado entre las semillas). De ésta que acabo de comerme no dejé ni el pincelito interior, era tan jugosa que no quería seguir enchastrándome y la mastiqué con semillas y todo... A lo que iba, esos cepillitos nos servían luego para pintar con témperas, en el suelo de la galería de la casa de mi abuela en San Vicente. Quizá a mí se me ocurrían esta clase de juegos tan inocentes, como el de hacer cepillitos de peras, porque mi prima me lleva cuatro años, así que supongo que sería ella la que proponía los juegos más tenebrosos, como enterrar una gallina muerta en el gallinero del fondo de mi abuela, hacerle una cruz de palo y leerle la biblia.
Pero, ¿quién sabe? a lo mejor era yo la de las ideas fúnebres... Pienso esto en el momento en que me entristece una muerte triste, de vejez vieja y miserable, de soledad: conocí a un hombre que al final de sus días sólo tenía a su mujer, su amor adulto y pleno después de los hijos de ella y la soltería de él. En los últimos años de vida, él sólo se dedicó a cuidar a su mujer demente de senilidad. Y ella sólo lo quería a él, sólo a él lo necesitaba en su residencia de ancianos, cada jueves. Sólo a él lo llamaba por su nombre. Ni a sus nietos, ni a sus hijos, sólo quería que él la tomara la mano, un ratito, y la acariciara. Un día él murió solo, sólo él y el PAMI, en un hospital pobre, y nadie lo reclamó. ¿Quién podría saber, en ese hospital y, luego, en la morgue, que una mujer espera cada jueves con ansias adolescentes a ese hombre del cual sólo queda este despojo de carne?. Cuando pase un jueves y otro jueves y otro jueves sin él, ella se preguntará (hasta el día de su muerte se preguntará entre tinieblas seniles) por qué la ha abandonado. Y a pesar de tanto amor, tanta imposibilidad: ella ya no puede hacerle nunca una cruz de palo de gallinero.

martes, mayo 13, 2008

el faro de cascais

qué misterioso impulso nos lleva a comprar una postal con una casa y un faro, me pregunto a partir de la magia que insufla vila-matas, desde su "radical inmersión en la melancolía" al ver una foto, la foto de una casa y un faro que quizá estén relacionados con él de un modo tan extraño que ni él puede dilucidar, un paisaje en el que quizá estuvo.
el trance de vila-matas me contagia: estuve en lisboa. aunque nunca estuve, en lisboa estuve con vos. y cuando vi ese faro, estaba sola y lloré a la sombra del faro, maldiciendo el mar océano. deseé la lengua dulce, inmensa, que me había rellenado toda por dentro.
de la melancolía del faro me rescató el humor de vila-matas y la fortuna de escuchar portishead, we carry on... entonces, bailé por vos y por mí.

jueves, mayo 08, 2008

lunes, mayo 05, 2008

el reverso de berlin

eso pasa con las ciudades donde alguna vez estuvimos; eso, que no sólo tienen anverso.
en el café zapata de la oranienburgerstrasse hay un ángel que blande la bandera de lo que alguna vez fue la resistencia okupa, en versión loop de espejos disco;
brilla y encandila, el ángel.
también hay reverso,
en otro bar de mitte, en la friedrichstrasse, las mesas tienen monitores para que los bustos parlantes de fahrenheit nos hablen desde debajo del plato: yo, que leí bradbury, quiero que los rubios de opel dejen de intentar captar mi atención, así que los tapo con la panera y con la servilleta, y si se les escapan los dientes relucientes por algún rincón de la pantalla plana, les apoyo el vaso de cerveza y una cuchara, y un tenedor, y el plato del café.
berlin, para todo público
y berlin al revés, a la carta, sólo para dos viejas amigas que ya no viven en sonnenallee: berlin como una vieja fábrica de kreuzberg que se refleja redondeada sobre el canal, mientras atardece de martinis.

domingo, abril 20, 2008

earl grey, en hebras

me encanta que un chico me invite earl grey, en hebras,
dreamland de joni mitchell por caetano, escucharlo mil veces,
que nos guste el mismo té,
me encantan las mujeres de las novelas de murakami, quiero mucho a Shimamoto y a Midori, y a la chica de piernas blancas que se mete en una bañera con un desconocido al amanecer, la que toma sake en el cordón de la vereda,
compartimos sensibilidad si compartimos la devoción por el earl grey.
aunque no haya orgasmos para compartir, porque yo me los quedo todos, gracias por el earl grey, en hebras.
buenos aires es una cortina de humo,
y libertad se ha puesto gris.
releo claudio magris citando a kepler: "Sé que tú amas la nada, y no por su valor, que es mínimo, sino porque se puede jugar con ella de forma expresiva y leve..."
me encantaría que la calle libertad fuera siempre cucurtiana, luminosa, y que por la vereda del oeste, de perón a avenida de mayo, pudiéramos encontrar a los adoradores de penes fundiendo capuchones de oro para el señor maíz,
para el señor maíz de washington cucurto y de las dominicanas calientes del once.
necesito límites para la nada, un plazo para la penúltima nieve de una primavera alemana,
sino me ahogo
los machos ya no pueden fundirse vainas doradas en sus vergas,
pero saben que la repentina erección del asno apaleado será la última venganza del último humillado,
gracias Magris, gracias Canetti.
quiero un egoísmo perfecto, dice midori,
quiero tokio,
digo yo,
y creo que pronto podré pedirte que me prepares earl grey, en hebras, y eso me hace feliz al menos en el instante de pronunciarte, junto al earl grey.

sábado, abril 19, 2008

eu, vos

¿Sabés una cosa? Vos y yo tenemos miedo de enamorarnos. Pero no miedo de enamorarse, esto que todos dicen. No. Tenemos miedo de dejar de amar a los que amamos, adentro, sin querer, con las tripas. No queremos desplazar a esos amores hondos, no queremos, ni por imposibles, ni por desastres, ni por casados, ni por kilométricos... Eso nos pasa. Che, vos, ¿me escuchás?

"la eternidad es ese espacio mínmo donde estamos ahora, en un beso, tú y yo
la eternidad -ah goethe- será ese instante único que alguna vez quisimos arrebatarle al tiempo"



El poema es de Ítaca, de Olga Sánchez Guevara.