sábado, diciembre 06, 2008

la maladie

Como en la ciudad de la "Comedia de la vanidad" de Elias Canetti, privada de mi propia imagen, desfigurada, estuve un par de días cayendo, precipitándome hacia ese lugar-no-lugar pastoso de la maladie. Enfermedad, en castellano. Suciedad, mácula, culpa, pozo.
No faltaban los espejos a mi alrededor, pero no me reflejaba en ellos, ni siquiera lo intentaba. Hubo un paréntesis de vida fuera de foco, hasta que volví a verme en el cristal de una ventana, durante un día ventoso y frío, casi invierno. Volví a sentir el aire helado recorriendo la nariz, y era mía la cara, y míos los pensamientos que continuaban a los de antes de abrir el paréntesis, el sobre. "Soy yo", me dije y supe que me gustaba el calor de la bufanda y la sensación de frío seco incrustándose en el centro de la frente, del lado de adentro de la frente.
Soy yo. Ca va?
Ca va bien.

sábado, noviembre 29, 2008

mitad

ya no había magia, pero eras la mitad. ayer me costó ver en tu gesto mi mitad. cuando por fin conseguí verme en esos ojos, en las primeras arrugas que se marcaron a mi lado, en tu mirada inerme, te besé la frente. te había reconocido. y te apreté fuerte el brazo, y supe que en ese brazo me había apoyado tantas veces que nunca jamás me sería desconocido, aunque nunca jamás vuelvas a ser la mitad de esta vida nueva.

domingo, noviembre 09, 2008

revelación de un sueño


En mi sueño sonreías, con esa sonrisa descomprometida que vos y yo conocemos, la que precede al ataque. Estabas con dos rubias que no te interesaban, pero en cualquier momento les mordías la yugular, porque, total, no tenías otra cosa que hacer esa noche. Estabas en la punta de una mesa larga y llena de gente. Yo crucé por el extremo contrario. Me miraste sin dejar de sonreír. Nos ignoramos, como últimamente. Yo te miré, pero no sonreí (estaba demasiado ocupada con mi maleta inmensa, buscando un rincón para dejarla allí, hasta el día siguiente). Quién sabe por qué, ni desde dónde (no sé en qué ciudad ni en qué continente estábamos), al día siguiente yo viajaría a Estados Unidos. Acomodé el equipaje, me volví a mirarte (no pude dejar de hacerlo) y salí de aquella fiesta, vaya a saber qué fiesta. Me fui de ese lugar temiendo por la mañana después, cuando volvería a recoger mi equipaje y seguramente te encontraría con alguna de las dos rubias, y la sonrisa un poco menos boba, más preocupada. Pero yo estaría partiendo y no me detendría a llorar por lo que quedó sin palabras, ni a compartir tus pesares autocumplidos.

miércoles, octubre 15, 2008

el metal y la somnolencia

"Durante años me despertaba día tras día sin saber si era bestia o gusano, metal en somnolencia..." Leí varias veces la frase de Juan José Saer en "El entenado". Me pregunté: "¿cómo se es metal en somnolencia?". Quizá no sea posible definirlo, pero sé perfectamente cuál es el estado metal en somnolencia, aunque nunca hubiera dado con semejante construcción poética. Metal en somnolencia se es enajenado, como el personaje de Saer incrustado de retorno en la sociedad española del XVI, carabelas y frailes, después de años entre indios en tierra "desmedida". Metal en somnolencia se es en la "cárcel del cuerpo", como presagia Saer, el santafesino en París... Saer, el que sugiere que leer y escribir puede ser el único acto que justifique una vida.

domingo, septiembre 21, 2008

robert me ha vuelto invisible

en la vereda, frente a la puerta del supermercado de ésas que te detectan y se corren solas, frené en seco: la muy zángana no me dejó avanzar. no se abrió y me obligó a repasar mentalmente las cosas que podían haberme convertido en invisible o, mejor dicho, en indetectable a ojos sensores. pensé en productos químicos, comidas, radiaciones... "ayer me hicieron una panorámica en el dentista", pensé... "estuve mal del estómago pero no tomé nada", "¿será la mylanta o el almax?"... finalmente, y aunque por aquí dicen que no hay que retroceder nunca, ni para "coger carrerilla", retrocedí un par de pasos, y la muy caprichosa se corrió. entré al supermercado y todavía me quedaba una puerta por sortear; es la que permite acceder a la zona de compra. de nuevo, el capricho, o la invisibilidad. de nuevo, retrocedo hasta que, tímidamente, la maldita se mueve hacia adentro... entro esquivándola, rapidito, no sea cosa que se arrepienta. el resto transcurre como siempre y regreso a casa. enciendo el televisor y en el informativo reseñan algo del festival de cine de san sebastián. entonces, una y otra vez, el primer plano de robert downey jr... cambio de canal para seguirlo, veo todos los informativos sólo por el primer plano de robert. y cada vez me erizo, y cada vez me emociono. y ahí caigo en la cuenta: soy invisible. de verdad soy invisible. sin retorno.

sábado, septiembre 13, 2008

un argentino

Uno cree que todo el mundo irá al cine a repasar viejos hits de la mano de Benicio y Steven (Soderbergh) y resulta que da de bruces con una realidad inesperada, aquí fuera: hay gente que ni siquiera sabía que el Che era argentino hasta que leyó el título de la peli en los afiches promocionales. "¿Cómo, no era cubano?", "Pero... ¿y de qué va a tratar la segunda parte... no murió en la revolución cubana?".
"Sí, era argentino (casi cordobés, agregaremos siempre los cordobeses)".
"No, murió en Bolivia (y hasta parece que tenía la loca idea de entrar a la Argentina por el norte, de puro testarudo, en plena edad dorada de la burguesía nacional)".
Entonces, uno entiende por qué Benicio, el productor y actor puertorriqueño que no puede con las jotas argentinas (las aspira todas, qué le vamos a hacer) y Soderbergh -aquel niño prodigio, ya maestro cuarentón- tomaron por un camino que uno suponía tan transitado.
Yo soy fan de Soderbergh (además, siempre imaginé que era el tipo de mi edad con el que me cambiaría para haber hecho las cosas que él hizo, desde muy joven)... pero cuando me enteré que habían barajado darle la dirección de la peli a Terrence Malick, pensé: "qué lástima". Malick sí que es exquisito.
Lo de mi amigo-contemporáneo Steven S. es prolijo, como siempre. Ni un reproche frente a unos fotogramas que son arte y un modo de narrar complejo y aceitado a la vez. Tiene energía, buen gusto y sabe equilibrar la carga... aunque en este punto, el esfuerzo por dejar compensado el equipaje a uno y otro lado de la historia le deja las costuras al aire. Por primera vez le veo las costuras a Soderbergh y es una lástima.
Algo larga para los que vamos a repasar viejos hits y un tono desparejo (la caricatura de un Fidel casi bufón contrasta con la gravedad de otros personajes), Che, el argentino peca de distante. Es que Soderbergh y Del Toro eligieron contar la historia desde la solemnidad de aquellos escritos políticos de Ernesto adulto, en off. El gran acierto, lo más bello, lo más Soderbergh, es quizá el viaje del '64 del Che a Nueva York... el relato de la confrontación de ese argentinito (que casi había conseguido eliminar el complejo de extranjero) en la asamblea de la ONU, su altura. Allí se rinde la cámara, se apagan los titubeos ideológicos, los miedos al qué dirán.

jueves, septiembre 04, 2008

conocer, no conocer, querer, no saber, amar

"¿Se puede querer a alguien y no confiar en él?", se preguntaba Paul Auster frente a su amante-musa, en la piel del atribulado Martin Frost.
"No es necesario conocerse para quererse", le hacía decir Antonioni a Mónica Vitti (y la frase servía de consuelo a la chica frente al atolondrado Alain Delon de El eclipse).
Gozar. Obedecer. Amar.
No hace falta conocer para querer, no hacen falta spinettas ni lispectors para dejarse impregnar por el polvo de la piel satinada de un hombre niño en el desierto.